CAPÍTULO I – PECADO ORIGINAL
Capítulo I
La noche en que Gabrielle nació, su madre comprendió que el cielo había mentido.
Los elegidos levantaron la mirada hacia Perla cuando apareció al final de las escaleras. Nadie habló.
El vestido blanco descendía entre las sombras de la casa. Ella sostenía el vientre con ambas manos, intentando respirar a pesar del dolor.
Por un instante, no pareció una mujer embarazada.
Pareció una ofrenda.
Eran ocho: cuatro hombres y cuatro mujeres demasiado jóvenes para cargar con expresiones tan solemnes. Estaban reunidos alrededor del símbolo tallado en la madera, bajo la luz temblorosa de las velas, repitiendo palabras que ya eran antiguas cuando el primer templo ni siquiera existía. Algunos mantenían los ojos cerrados en absoluta devoción. Otros miraban el círculo con una ansiedad imposible de ocultar.
Las contracciones atravesaban su cuerpo con una violencia creciente. La tela se adhería a su piel húmeda y cada respiración le raspaba el pecho como si el aire dentro de aquel recinto se hubiera vuelto demasiado espeso.
Aun así, continuó avanzando. Porque todavía quería creer.
Robert le había hablado durante meses de la doctrina del Designio Sagrado. De una rebelión que estalló tan solo unas generaciones después del pecado original. De los Hijos de Dios, a quienes ya nadie se atrevía a nombrar. Y del frágil equilibrio que, desde el Diluvio, la Orden se había comprometido a mantener.
Perla le creyó, no porque fuera ingenua, sino porque necesitaba que el dolor tuviera sentido.
Finalmente llegó al centro del salón y observó el símbolo bajo sus pies. No parecía un dibujo ritual, sino una cicatriz abierta en la madera.
No le recordó una plegaria. Le recordó una puerta.
Sus ojos buscaron a Robert. Nunca lo había visto así.
Él había dedicado su vida entera a Dextera Domini. Mucho antes de convertirse en el superior más joven del Monasterio, Perla ya admiraba la convicción con la que defendía aquella doctrina. Su fe era inquebrantable. Su devoción, rotunda.
Robert siempre tenía respuestas.
Esta vez, no.
Uno de los convocados alzó la voz en la oración, como si intentara llenar el silencio creciente en la habitación. Los demás lo siguieron de inmediato.
Las voces se elevaron alrededor del grupo.
Otra oleada de agonía la obligó a llevarse los dedos al vientre, arrancándole un gemido ahogado. La criatura se movió dentro de ella. Y, contra toda su voluntad, Perla sintió el impulso de apartarla.
Un ruido seco recorrió las paredes de la casa, y los rezos vacilaron apenas un momento.
Robert apartó la mirada. Aquello no era como lo describían los registros más remotos.
—No rompan el círculo —dijo finalmente.
Pero la firmeza habitual de su voz había desaparecido.
El silencio cayó de golpe. Brusco. Antinatural.
Las llamas se agitaron violentamente, todas a la vez.
Y Perla lo sintió: la presencia.
No descendía del firmamento. No emergía de la tierra. Siempre había estado allí, aguardándolos.
El miedo se extendió entre los presentes como una grieta. Uno dio un paso atrás. Otro trató de continuar la invocación, pero las palabras se le quebraron en la garganta.
Perla apenas podía respirar. Algo estaba mal. Terriblemente mal.
En el fondo de su alma creció una certeza insoportable: no habían sido reunidos para presenciar un milagro. Habían sido traídos para entregar algo al cielo.
Las velas se apagaron y el recinto quedó sumido en una oscuridad absoluta.
Nadie se movió.
Perla abrió la boca en busca de aire, atravesada por una última contracción.
Un llanto debió haber llenado la sala, pero no llegó.
Su ausencia fue peor.
Robert notó que algo dentro de él se rompía mientras Perla levantaba a la recién nacida entre sus brazos temblorosos.
La niña tenía los ojos abiertos. Y estaba observándolos.
Uno de los presentes dejó escapar un sollozo involuntario. Otro retrocedió hasta chocar contra la pared. Robert dio un paso hacia la pequeña, sin poder contenerse. El temor terminó por destruir la disciplina del grupo.
Gabrielle levantó lentamente la diminuta mano cubierta de sangre y le tocó la piel.
El contacto fue apenas un roce.
El salón desapareció.
Robert vio hombres arrodillados frente a grabados antiguos ocultos bajo tierra y escuchó el nombre de Gabrielle pronunciado por miembros de Dextera Domini como si fuera una plegaria… y una sentencia.
Y entonces los vio.
Los Nefilim.
Descendientes de aquellos seres que una vez abandonaron el cielo para caminar entre los mortales. Huérfanos de ambos mundos, llevaban milenios atrapados entre la memoria de sus padres celestiales y el peso insoportable de lo terrenal.
Durante siglos, la humanidad los llamó así.
Los caídos.
Como si la culpa pudiera heredarse.
Ellos jamás aceptaron ese nombre.
Entre sí mismos, usaban otro:
Mārū Šīmti, Hijos del Destino.
Había nombres que la Orden no debía pronunciar. Uno de ellos regresó a la memoria de Robert.
Imperios enteros se levantaban y caían. Ciudades construidas sobre secretos que nunca debieron salir a la luz.
Y al final, lo vio a él: el Ángel. Inmóvil dentro de una luz imposible. Esperando.
Detrás de él, el cielo. Vacío.
Robert intentó apartarse de la visión, pero no pudo. Gabrielle seguía mirándolo. Silenciosa. Inmóvil entre los brazos de su madre.
En aquel instante, Robert comprendió.
Aquello no era un ritual ni un milagro.
Generación tras generación habían jurado preservar el pacto. Ya no sería suficiente.
La guerra que creían haber dejado atrás había regresado.
Y Gabrielle acababa de nacer en el centro de ella.