PARTE I · LA HERENCIA

Capítulo III

NAGAR

Nagar abrió los ojos en un silencio que lo devoraba. Las visiones habían desaparecido.

Durante semanas llegaron sin descanso: fragmentos de lugares imposibles, voces pronunciando su nombre desde alguna profundidad que no pertenecía al mundo humano, símbolos que despertaban en él recuerdos más antiguos que su propia memoria. A veces veía puertas abriéndose en medio de una luz insoportable; otras veces escuchaba súplicas en idiomas extinguidos siglos atrás.

Ahora no quedaba nada. Solo vacío. Y el vacío pesaba.

No se movió durante varios segundos. Observó el techo oscuro del gran salón mientras intentaba encontrar aunque fuera un último rastro. No apareció. La sensación era demasiado definitiva para confundirse.

Las visiones no se desvanecían así. Algo las había detenido.

Nagar exhaló despacio. Todavía le costaba acostumbrarse al peso de su cuerpo: respirar, dormir, volver a quedar atrapado dentro del tiempo. Su renacimiento había devuelto muchas cosas, pero no todas habían llegado completas. Algunos vestigios seguían enterrados bajo capas de ruido y eras superpuestas. Otros regresaban demasiado rápido: destellos violentos de experiencias anteriores, caras olvidadas, ciudades perdidas, guerras cuya huella ya no pertenecía a ningún libro de los hombres.

Había renacido joven, pero algo en Nagar continuaba atado al cansancio de otra época. Su rostro conservaba una belleza serena, casi cruel en su perfección, aunque bastaba observarlo un momento para comprender que detrás de aquellos ojos verdes había alguien agotado de sobrevivirse a sí mismo.

A veces sentía que no terminaba de acostumbrarse a contener todo lo que era.

El mundo exterior respiraba al otro lado de los ventanales, con sus luces lejanas y el tráfico distante, la vida ordinaria continuando con esa normalidad frágil que siempre lo desconcertaba un poco. Después de tantas vidas, a Nagar le costaba comprender cómo la humanidad podía vivir ignorando lo que se escondía tras la realidad.

O quizás era precisamente eso lo que los salvaba.

Nagar jamás había conseguido desprenderse del todo de aquello que esa condición representaba: el calor de otra piel, la necesidad absurda de sentirse amado, la risa, el hambre, el miedo a morir. Los recordaba a ellos.

Y odiaba admitir cuánto seguían importándole.

Ser humano era un lastre. Al menos eso le habían enseñado desde que recuperó la conciencia de su verdadera naturaleza.

Hijo del Destino.

Así se nombraban entre ellos. Los mortales preferían otra palabra. Una que seguía sonando como una condena incluso después de varios milenios.

La puerta del estudio se abrió suavemente a su espalda. Nagar no necesitó girarse para saber que era Isella. La percibía antes de verla.

Siempre.

—No hace falta que lo digas —murmuró él, sin volverse—. Ya sé cómo sueno.

—Como un hombre —completó Isella detrás de él.

Nagar dejó escapar una pequeña exhalación.

Isella cruzó la habitación con aquella elegancia antinatural que lograba desorientarlo cada vez. No parecía caminar; se deslizaba a través del espacio, como si el mundo hubiera aprendido hacía mucho tiempo a no oponerse a su voluntad.

Había elegido la apariencia de una mujer que había cruzado la frontera de la juventud sin perder nada de su belleza. En ella la edad no sugería desgaste, sino una autoridad serena, imposible de cuestionar.

Sus ojos ligeramente rasgados y de un azul casi transparente conservaban aquella calma inquebrantable mientras se acercaba hasta él.

—Se fueron —dijo Nagar finalmente, en voz baja.

Isella no respondió de inmediato. Solo apoyó una mano sobre su hombro. Ese gesto bastó para devolverlo a sí mismo.

—Volverán, Precioso.

Nagar soltó una sonrisa cansada.

—No lo creo.

Isella lo estudió callada algunos segundos.

Demasiados. Como si estuviera escuchando algo detrás de sus palabras.

—La última fue distinta —dijo él—. Sentí que alguien intentaba alcanzarme.

Isella permaneció inmóvil.

—¿Qué viste?

Nagar aguardó antes de hablar.

—No lo sé completamente.

La frustración atravesó su voz.

—Percibí una súplica. Después… nada.

Desvió la mirada hacia la ciudad.

—Como si algo hubiera despertado sin que nadie más lo supiera.

Isella apartó los dedos de su hombro con una lentitud casi imperceptible.

Nagar lo advirtió inmediatamente.

—Precioso… —murmuró—. Algunas manifestaciones necesitan décadas enteras para aprender a regresar.

La quietud cayó entre ambos.

Nagar frunció el ceño. Había algo extraño en aquel tono. Algo cuidadosamente incompleto.

—¿Qué significa eso?

Isella lo miró un rato, midiendo la respuesta.

—Que no todo despertar ocurre en el acto.

Ella se acercó nuevamente y acomodó con delicadeza un mechón de cabello sobre su frente.

—Sigues pensando demasiado como mortal.

—Quizá porque todavía recuerdo demasiado.

—Eso se irá.

—¿Y si no quiero que desaparezca?

Isella inclinó ligeramente la cabeza. Había ternura en ella, pero también algo más peligroso.

Paciencia.

—Todos decimos eso al principio.

Nagar no dijo nada. Porque una parte de él sabía que Isella tenía razón.

Y otra parte comenzaba a odiarla por ello.

Isella se detuvo un instante junto a los ventanales. A su lado descansaba un antiguo telescopio de latón, montado sobre una estructura de madera cuyo desgaste no hablaba de abandono, sino de una paciencia cultivada durante siglos. La madera, ennegrecida por los años, aún conservaba el brillo de incontables manos. El largo tubo continuaba apuntando al mismo rincón del cielo, con la obstinación de quien se niega a olvidar el camino de regreso.

—¿Todavía lo utilizas?

Isella no respondió enseguida.

—Todas las noches.

Nagar contempló el instrumento, esbozando apenas una mueca de afecto.

—Después de tanto tiempo… ¿aún esperas encontrarlo?

Los ojos de Isella no se apartaron de las estrellas.

—Hace mucho comprendí que jamás volveré a verlo.

Hizo una pausa apenas perceptible.

—La esperanza no siempre consiste en creer que algo ocurrirá. A veces consiste únicamente en recordar hacia dónde mirar.

Se apartó del ventanal, rodeó el sofá y tomó asiento frente a él.

Las sombras tenues apenas alcanzaban a tocarla. Cerca de Isella, incluso los pensamientos perdían velocidad. El miedo perdía fuerza. Hasta los minutos se sentían distintos junto a ella.

Por eso Nagar regresaba allí. No porque Isella lo hubiera salvado, sino porque, entre todos los Hijos del Destino que había conocido desde su despertar, solo a su lado el peso de la eternidad parecía soportable.

—¿Cuándo fue la última ocasión en que invocaste la presencia de Dios? —preguntó ella.

Nagar sintió un nudo tensarse en su pecho.

Recordaba la sensación. No era paz.

Era inmensidad.

—Hace unas semanas —mintió.

Isella lo miró.

—¿Y qué sentiste?

Nagar bajó la vista.

—Miedo.

Isella se inclinó ligeramente hacia él.

—No vuelvas a huir. Permite que ocurra.

Su voz descendió hasta volverse un murmullo.

—Cuando la luz aparezca… presta atención. El universo no grita, Precioso. Apenas se deja oír. Y solo aquellos capaces de soportar el silencio aprenden a escucharlo.

Un estremecimiento le recorrió la espalda, porque por un instante algo dentro de él reconoció aquellas palabras. Como un recuerdo enterrado intentando regresar.

Isella notó el cambio en su mirada, satisfecha.

—Ahí está —susurró.

Nagar la besó impulsivamente. Necesitaba hacerlo.

De nuevo, ella tenía la solución. Lo estaba sacando del abismo. A él le quedaba mucho por aprender.

Isella devolvió el gesto con calma, como si hubiera sabido exactamente cuándo ocurriría. Después apoyó la frente contra la suya.

—Las almas cansadas conservan muy poca fuerza para rozar lo divino durante unos segundos —murmuró Isella mientras acariciaba el rostro de Nagar—. Necesitas algo más intenso que eso.

Sus ojos azules sostuvieron los de él un momento antes de continuar.

—Alguien cuya pasión todavía arda con la intensidad suficiente para consumirse por completo.

Dejó escapar una sonrisa fugaz.

—Conozco a una artista. Joven. Apasionada. Y algo en ella sigue ardiendo, con un ímpetu extraño.

Nagar levantó una ceja.

—¿Otra de tus estrategias para salvarme?

—Puede ser.

Sus dedos recorrieron perezosamente los labios de Nagar.

—Aún intentas amar a los hombres sin convertirte completamente en uno de ellos. Eso siempre termina lastimándolos.

Algo en la forma en que pronunció aquella última frase hizo que Nagar alzara la vista. No supo qué decir. Isella tenía razón, como siempre. No obstante, algo en él seguía decidido a descubrir por sí mismo qué debía hacer.

Se arrodilló para despedirse y besó sus manos con devoción.

Se quedó allí un momento más, incapaz de soltarse. Isella acarició su cabello, y durante un instante Nagar volvió a sentirse como alguien que aún podía ser salvado.

Justo antes de liberarlo, ella se inclinó, sostuvo su cara y le ofreció una expresión enigmática. Acercándose a su oído, susurró:

—Recuerda, Precioso… la presencia de Dios es un abismo en el cual algunos caen.

Nagar la observó tratando de entender si lo dicho era una burla, una advertencia o genuina preocupación. Durante un par de segundos, intentó encontrar una respuesta en su expresión, pero siempre se le escapaba. Con un solemne asentimiento, se dio la vuelta y se marchó.

Nagar respiró hondo. La noche recién empezaba, y con ella, llegaba la hora de buscar un alma dispuesta para el sacrificio.

Al cruzar la entrada, una punzada invisible le atravesó el pecho.

Brutal.

El aire había adquirido una densidad extraña. Sintió el impacto extenderse a través de una profundidad oculta del mundo, alcanzándolo como el eco de una puerta abriéndose lentamente después de estar años sellada.

Y entonces lo comprendió.

Algo… o alguien… acababa de despertar.

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