Capítulo VI
Algo había cambiado.
Nagar lo percibió antes de comprender qué era. No fue un sonido ni una visión, sino una alteración leve y profunda que recorría el mundo como una grieta extendiéndose lentamente bajo la superficie de algo inmenso.
Caminaba por las calles aún húmedas de la madrugada, y sintió aquella vibración persistir dentro de sí, incómoda y constante. Una parte dormida de su existencia parecía despertar tras siglos de silencio.
La ciudad respiraba de nuevo. Algunos negocios levantaban sus persianas. Los primeros autobuses atravesaban las avenidas vacías. Corredores madrugadores avanzaban entre parques cubiertos por neblina. Nagar continuó caminando sin rumbo aparente, incapaz de liberarse de aquella sensación creciente.
Necesitaba acercarse otra vez a la presencia de Dios antes de que aquel ruido terminara consumiéndolo por completo.
Las palabras de Isella regresaron brevemente a su memoria.
Los ancianos apenas conservan eco suficiente para observar la presencia de Dios unos segundos.
«Necesitas a alguien cuya alma todavía arda». Nagar inclinó la cabeza un instante, sin dejar de caminar entre las avenidas solitarias. Parte de él seguía resistiéndose a aquello. No al trance. A la elección. Por eso había buscado durante décadas personas cercanas al final de sus vidas. Cuerpos exhaustos. Gente que ya se despedía del mundo.
Era una mentira piadosa que se permitía para soportarse a sí mismo.
La percibió de pronto.
Una resonancia tenue. Lejana.
Como una vela a punto de extinguirse.
Nagar levantó la mirada. Tres tramos más adelante.
Una anciana. Sola. Abandonada.
La encontró viviendo en un apartamento donde aún sobrevivían restos dispersos de una existencia elegante consumida por el tiempo. Fotografías familiares cubiertas de polvo, plantas secas olvidadas junto a una ventana, muebles demasiado grandes para alguien que ahora recorría el lugar apenas apoyándose en sus propios huesos.
Nagar aguardó frente al intercomunicador por varios segundos. Luego habló.
—Abuela… soy yo, Ness.
La cautela posterior duró apenas un parpadeo. Después escuchó el sollozo.
Aquel sonido le atravesó el pecho con una violencia inesperada. No tristeza exactamente. Algo más incómodo. Más humano.
La puerta se abrió.
La mujer lo esperaba al final del corredor envuelta en una vieja bata color marfil. Sus ojos cansados se humedecieron apenas lo vio. Nagar notó cómo su presencia se desplegaba suavemente alrededor de ella, invisible, cálida, adentrándose en sus recuerdos como una corriente ancestral y silenciosa. No era una orden. Nunca lo era.
—¿Ness? —susurró ella con la voz temblorosa.
Nagar sonrió. Deseó realmente ser él.
—Sí, abuela.
Ella rompió a llorar antes de abrazarlo.
Nagar no se movió, mientras aquellas manos débiles se aferraban desesperadamente a su espalda. Cuánto tiempo llevaba esperando. Cuántas noches habría imaginado ese momento antes de quedarse dormida, sola, en aquel departamento vacío.
La condujo hasta el sofá mientras la anciana no dejaba de observarlo, intentando reconciliar el recuerdo de un nieto perdido hacía años con el hombre sentado frente a ella. Pero la influencia de Nagar seguía envolviéndola, suavizando dudas, llenando ausencias, permitiéndole aceptar aquella mentira porque necesitaba creer en ella.
Conversaron durante buen rato. O quizá apenas algunos minutos. Con Nagar, esos conceptos siempre terminaban deformándose ligeramente.
Judi insistió en preparar café. Caminó despacio hasta la pequeña cocina. Él permanecía observando las fotografías dispersas sobre los muebles. Regresó con dos tazas de porcelana algo desiguales y una sonrisa tímida, como si aquel gesto sencillo pudiera devolver por unos instantes la normalidad a una mañana inverosímil.
Ella le habló sobre enfermedades, médicos, cumpleaños olvidados y llamadas que nunca llegaron. Sobre el miedo intolerable a morir en un completo abandono. Nagar la escuchaba y volvía a sentir aquella punzada extraña creciendo dentro de sí.
Humanidad. Era eso, quizás, lo más desgarrador: la facilidad absurda con la que los humanos continuaban amando un mundo que jamás dejaba de destruirlos.
Judi empezaba a cansarse. Nagar lo percibió en el temblor de sus dedos y en cómo su respiración se hacía más corta. Tomó una decisión.
—Abuela.
Ella alzó los ojos.
—He venido a llevarte a un lugar donde el dolor ya no te alcance.
Lo observó callada varios segundos. Y después sonrió.
Nada en su expresión delataba temor. Solo alivio.
Como si llevara demasiado tiempo esperando escuchar exactamente esas palabras.
Nagar acercó lentamente la mano hacia su cara y cerró con suavidad sus párpados pesados.
El apartamento quedó mudo.
Entonces comenzó.
La transición no era física. Nunca lo había sido. Era algo mucho más profundo y terrible. Nagar advirtió cómo el mundo material empezaba a separarse de él mientras la respiración frágil de Judi se sincronizaba con una vibración antigua que crecía bajo la realidad. El aire alrededor se tensó, apenas perceptible. Las paredes. Los objetos. La luz misma parecía retroceder ante la manifestación de algo inmenso que se aproximaba desde otro lugar.
Nagar alzó la vista, despacio.
Y el universo dejó de parecer humano.
La presencia de Dios se manifestó ante él como una eternidad imposible de contener dentro del lenguaje mortal. No vio un rostro. No escuchó palabras. Sintió algo infinitamente más devastador: la certeza absoluta de existir frente a una conciencia tan vasta que hacía parecer ridículo todo lo demás.
Durante un instante sublime y aterrador, Nagar comprendió por qué los hombres destruían civilizaciones enteras en busca de lo divino.
Porque después de sentir aquello, cualquier otra cosa se volvía insoportablemente pequeña.
El sonido de una llave girando violentamente en la cerradura quebró la experiencia.
La realidad regresó de golpe.
Nagar cayó de rodillas intentando recuperar el oxígeno. La entrada cedió con un quejido abrupto y una joven con uniforme de enfermera se quedó paralizada en el umbral, sin entender del todo lo que veía.
El miedo apareció en su cara antes que cualquier reacción.
Nagar dirigió la vista hacia ella, y algo en su interior se estremeció.
Vida. Juventud. Una existencia apenas comenzando. Se llamaba Lara.
La intensidad espiritual de aquella mujer era abrumadora frente a la calma resignada de la anciana. Nagar comprendió, de golpe, lo que Isella había intentado explicarle. Un alma joven, llena de futuro, permitía experimentar esa presencia divina con una fuerza mucho mayor. Y también mucho más peligrosa.
La enfermera trató de retroceder, pero sus músculos dejaron de responderle. Aquella energía cálida se adentraba en sus pensamientos como una voz imposible de ignorar.
Nagar captó fragmentos dispersos de su pasado apenas la conexión se abrió involuntariamente entre ambos. Turnos dobles, exámenes finales, audios sin responder, esperanza, planes pequeños y humanos aferrándose desesperadamente al futuro.
Y por un instante desgarrador, Nagar sintió el impulso de cruzar el límite.
La presencia que había sentido todavía ardía en su pecho.
Podía volver a verla. Mucho más intensamente. Mucho más cerca.
El conflicto atravesó su cuerpo con una violencia devastadora.
El mundo volvió a quebrarse.
El trigo dorado se extendía hasta el horizonte bajo un cielo inmóvil.
Nagar recorrió el paisaje con la mirada.
La casa estaba allí: alta, blanca, antigua, esperándolo.
Y algo se agitó inmediatamente bajo su piel. No miedo. Una familiaridad que no lograba explicarse.
Avanzó, despacio, y aquel impulso creció en su interior con cada paso. Nostalgia, terror, fascinación. Como si fragmentos de otra existencia intentaran despertar justo detrás de sus pensamientos.
La vivienda se erguía en silencio en mitad del trigo, pero algo en ella transmitía la insoportable sensación de que llevaba siglos esperando.
Vio las llamas.
El fuego devoraba tranquilamente las ventanas mientras el humo ascendía hacia el cielo estático de la visión. Y frente a ella, detenida entre el resplandor anaranjado, había una mujer.
Un vértigo intenso lo sacudió por completo. No lograba distinguir su aspecto. Solo su figura se imponía al otro lado del incendio con una fuerza que no podía comprender.
Entonces la edificación explotó.
El rugido desgarró el aire.
El impacto arrancó a Nagar brutalmente de esa realidad.
Regresó a la habitación jadeando con dificultad.
Judi descansaba inerte sobre el sofá.
La enfermera seguía paralizada junto a la puerta, incapaz de entender lo que acababa de ocurrir.
Nagar se puso de pie y sostuvo la mirada aterrorizada de Lara. Su influencia se cerró sobre ella, sigilosa, penetrando en su mente, envolviendo el miedo hasta transformarlo en confusión.
—No me recordarás —dijo con voz agotada.
Los ojos de la joven perdieron el enfoque.
—Entraste al apartamento y encontraste a Judi sin vida. Nada más.
Ella asintió.
Nagar abandonó el edificio sin mirar atrás.
El amanecer comenzaba a despertar la ciudad cuando se detuvo en medio de la calle. El zumbido de la explosión aún le atravesaba el cráneo.
Y entonces volvió a verla.
Inmóvil entre las llamas.