Capítulo II
Gabrielle llevaba más de una hora intentando terminar la carta de renuncia.
El cursor parpadeaba inmóvil sobre la pantalla del portátil mientras las luces de la ciudad se deformaban en los ventanales de la oficina. Afuera, la lluvia caía entre los edificios, cubriendo todo con una humedad gris que siempre la hacía sentir atrapada en algo demasiado grande y, a la vez, vacío.
La torre corporativa ya estaba casi desierta, envuelta en una quietud fría.
El murmullo ocasional y distante de los ascensores subía y bajaba entre pisos donde todavía quedaban asistentes agotados luchando por concluir informes que nadie recordaría una semana después.
Gabrielle se masajeó el puente de la nariz antes de volver a leer el documento.
Renuncio irrevocablemente a mi cargo…
La frase seguía sintiéndose absurda. Toda su vida había sido preparada para llevarla hasta esa posición. La empresa, la familia, las expectativas, las reuniones interminables donde hombres mucho mayores que ella fingían escucharla mientras calculaban, sin decir nada, si debían admirarla o temerle.
Gabrielle había aprendido hacía mucho tiempo a utilizar el control como armadura. La gente confundía su silencio con seguridad. Su distancia con sofisticación. Nadie imaginaba cuánto esfuerzo le costaba permanecer allí fingiendo que todo aquello aún significaba algo.
Porque la verdad era mucho peor. Ya no sentía absolutamente nada. Ni orgullo. Ni ambición. Ni siquiera miedo. A veces, en los segundos antes de dormir, percibía que había algo más —enorme, olvidado, esperando bajo su propia piel—, pero la sensación nunca duraba lo suficiente para nombrarla.
Veinticinco años.
Y aun así, cada anochecer abandonaba aquel edificio sintiendo que estaba desperdiciando su existencia, día a día, dentro de una versión de sí misma que jamás había elegido.
Desvió los ojos hacia el reflejo sobre el cristal.
La mujer que la observaba parecía exactamente el tipo de persona en que siempre había imaginado convertirse. Alta —más que la mayoría de los hombres con los que se reunía cada semana—, de figura esbelta y una palidez que ni la luz artificial del ambiente lograba disimular. Serena. Impecable. Alguien capaz de imponer respeto antes de decir una palabra.
Casi no vio la cicatriz —apenas visible sobre el labio superior izquierdo— hasta que la buscó a propósito, como quien revisa una herida vieja para comprobar que sigue ahí. El último recuerdo de aquella noche. Del accidente. Del final abrupto de una vida que hasta entonces había creído segura.
Esa proyección de sí misma daba la impresión de tenerlo todo bajo control: elegante e intachable. Vacía.
Su teléfono vibró suavemente sobre el escritorio.
Marco.
¿Vienes o finalmente dejaste que los ejecutivos destruyeran tu alma?
Gabrielle soltó una pequeña risa cansada. Era una de las pocas personas capaces de hacerla reír sin esfuerzo.
Revisó la hora. Era tarde. Tenía trabajo pendiente y demasiadas razones para quedarse.
Cerró el portátil de todas formas. El alivio fue inmediato.
Tomó el abrigo, apagó las luces de la oficina y salió sin mirar atrás.
—
La galería estaba llena: música suave, copas de vino, las voces flotando entre esculturas, sombras y cuadros iluminados cuidadosamente contra las paredes blancas.
Y apenas Gabrielle cruzó la entrada, algo en ella cambió. El cansancio seguía allí. La presión también, pero su cuerpo respiraba distinto dentro de aquel lugar.
Marco apareció de pronto entre la multitud.
—Mírate —dijo sonriendo, y se acercó a abrazarla—. Cinco minutos más y habría empezado a aceptar que vendiste tu alma oficialmente.
Le apartó un mechón castaño de la cara con dos dedos, como hacía desde la universidad.
—Sigues teniendo esos ojos azules de tormenta. Das miedo hasta cuando sonríes, ¿sabías?
Gabrielle soltó una risa breve, real, espontánea.
Y Marco la notó, como siempre.
—Lo estoy considerando seriamente —respondió ella.
—Claro. Pero primero vas a comprarme media galería.
Gabrielle negó con la cabeza, observando a su alrededor.
Le gustaba cómo era aquel sitio: humano.
Nadie intentaba impresionar. Incluso las pretensiones habituales del mundo artístico parecían más honestas que las sonrisas cuidadosamente calculadas de las reuniones corporativas.
Porque al menos ahí las personas intentaban sentir algo, y Gabrielle lo entendía perfectamente.
Avanzó entre las obras mientras Marco continuaba hablando de ventas, nuevos artistas y posibles inversionistas, pero ella ya casi no lo escuchaba.
El arte, descubrió hacía tiempo, producía algo muy específico en ella.
Silencio.
No externo, sino interno. Como si el ruido constante de su cabeza finalmente se apartara para dejar espacio a algo más profundo.
Se detuvo frente a una pintura enorme, cubierta de tonos oscuros y figuras apenas visibles entre capas de óleo agrietado.
Una mujer observaba una puerta abierta en medio de un paisaje quimérico.
—Da la impresión de que algo terrible está detrás de esa puerta —murmuró una voz cerca de ella.
Gabrielle se volvió hacia una pareja que contemplaba el cuadro a su lado.
—O algo sagrado —respondió sin pensar demasiado.
Ambos la miraron callados durante unos segundos.
Después asintieron, pensativos.
Marco sonrió desde atrás al verla.
Y ocurrió esa transformación que siempre terminaba por desconcertarlo un poco. La Gabrielle de la oficina desaparecía por completo allí.
La tensión en su frente comenzaba a ceder. Incluso la manera en que miraba las cosas cambiaba. Parecía más joven, más viva, como si por fin dejara de intentar sobrevivir en un rol ajeno.
—Te ves feliz aquí —dijo Marco suavemente cuando volvieron a quedar solos.
Gabrielle tardó un momento en responder porque esa realidad la asustaba un poco.
—Creo que este es el único sitio donde todavía logro sentirme yo misma.
Marco sostuvo su mirada. Ya no sonreía.
—Entonces ya sabes qué hacer.
Gabrielle recorrió la sala de nuevo con los ojos: las pinturas, la música, las conversaciones flotando sin rumbo. Pero lo que realmente la detuvo fue la emoción en los rostros de quienes observaban algo que no podían terminar de explicar.
Humanidad.
Tal vez lo que la obsesionaba del arte no era la belleza, sino la verdad detrás de ella.
La capacidad absurda de los seres humanos para transformar dolor, miedo, amor o vacío en algo capaz de sobrevivir incluso después de la muerte.
La idea de abandonar la empresa dejó de parecerle un acto de destrucción. Empezaba a sentirse, más bien, como un principio.
Entonces lo vio. No formaba parte de ninguna exposición.
El muchacho tendría diecisiete años, quizá dieciocho. El cabello oscuro le caía sobre la frente. Dibujaba con una concentración que hacía desaparecer todo lo que lo rodeaba. Tenía las manos manchadas de grafito, una libreta gastada apoyada sobre las piernas y un lápiz moviéndose con rapidez sobre el papel.
Estaba sentado en un banco junto a una de las columnas del fondo, ligeramente apartado del grupo de invitados.
Nadie le prestaba atención. Y, sin embargo, Gabrielle terminó siguiéndolo con la mirada más de lo que pretendía.
Mientras la mayoría de los asistentes recorrían la sala hablando de arte, él lo hacía.
Había algo peculiar en la forma en que trabajaba: el ruido a su alrededor daba la sensación de no existir, como si escuchara una voz que los demás no podían oír.
—¿Lo conoces? —preguntó Gabrielle.
Marco siguió la dirección de su mirada.
—Daniel.
—¿Es artista?
—Todavía no. Al menos según los expertos.
—¿Y según él?
—Según él, dibuja porque no sabe hacer nada más.
Gabrielle estudió al muchacho un momento más. Sintió una punzada incómoda.
No de admiración.
De envidia.
Porque él estaba haciendo exactamente aquello que ella llevaba tanto tiempo evitando.
Crear algo.
Sin juntas. Sin informes. Sin objetivos trimestrales.
Sin pedir permiso.
Daniel levantó la vista en ese momento. La descubrió observándolo y sonrió.
No parecía avergonzado. Tampoco sorprendido. Como si ya supiera que ella estaba allí.
Unos minutos después se acercó.
Arrancó una hoja del cuaderno y se la tendió.
—Feliz cumpleaños.
Gabrielle parpadeó.
—¿Cómo sabes que mañana es mi cumpleaños?
—Marco habla demasiado.
—Eso es cierto —dijo Marco desde el otro lado de la sala.
Gabrielle tomó el dibujo y frunció ligeramente el ceño.
No era un retrato.
Mostraba a una mujer arrodillada entre raíces negras que emergían del suelo.
Sostenía a un hombre entre sus brazos. Estaba dibujado apenas con unos cuantos trazos, demasiado difuso para distinguir un rostro. Podía estar dormido. O muerto. Gabrielle no estaba segura.
Lo extraño era su expresión.
No había rabia.
No había temor.
Solo una tristeza inmensa.
Como si estuviera haciendo algo que jamás podría perdonarse.
Debajo de ellos, las raíces avanzaban en todas direcciones, extendiéndose más allá de los límites del papel.
La imagen le provocó un rechazo inmediato.
Y, al mismo tiempo, no pudo dejar de mirarla.
—¿Qué significa? —preguntó finalmente.
Daniel observó la hoja.
—No lo sé.
—¿Entonces qué ves?
Daniel no respondió enseguida.
—A alguien obligado a hacer algo que le va a romper el corazón.
Gabrielle volvió a mirar el boceto. La figura seguía allí, arrodillada, con el cuerpo entre sus brazos, la tristeza que no lograba ocultar en su cara.
Sintió una incomodidad extraña, como si la imagen intentara decirle algo que no quería escuchar.
—Espero que te equivoques.
Daniel sonrió sutilmente.
—Yo también.
Gabrielle dobló cuidadosamente el papel y lo guardó en el bolso.
Fue ahí cuando percibió el aroma.
Gardenias.
Gabrielle se tensó al instante. El perfume atravesó el aire del recinto con una suavidad imposible de ignorar. La certeza le heló el pecho.
Su madre usaba gardenias.
Siempre.
Giró buscando de dónde provenía entre los presentes, pero nadie reaccionaba. El ambiente continuaba con normalidad. Marco no dejaba de comentar cosas a su lado.
Solo ella lo sentía. El corazón le latía demasiado rápido.
Las luces titilaron.
Una sola vez.
Breve.
Pero suficiente.
Gabrielle alzó lentamente los ojos.
El ruido del espacio no había cambiado: las conversaciones, la música, las copas chocando suavemente entre los invitados.
Algo, sin embargo, era diferente.
El aroma seguía envolviéndola.
Gabrielle intentó tomar aire.
No pudo.
Porque acababa de reconocerlo.
Era exactamente el mismo perfume que llevaba su madre la noche en que murió.